Sucedió de la siguiente forma, durante la madrugada del noveno día del presente mes:
Yacían los once, vivarachos por la congelante ráfaga, de frente al horizonte que dividía al cielo en dos: la penumbra poco iluminada por el vago color de las estrellas y el amanecer, el revivir que en ese momento emergía como de la nada, tras montañas bañadas con el áureo espectro del pasado.
Y pues, los once admiraban, reían y esperaban al astro mayor por su llegada. No habían descansado, no le daban importancia a las negras manchas que embrutecían sus rostros o a la motricidad que podría verse afectada por la tarde. Ellos esperaban sentirse tibios por la luz de la mañana.
Así, le daban tiempo al tiempo, aguardando atentos a que surgiera poderoso el Sol. Poco a poco, la paciencia se escurrió de quienes trataban de concebirla, algunos huyeron a buscar sosiego con la almohada, otros frustrados o resentidos no le apreciaron por completo durante ansiado encuentro.
Al fin, tras el cerro que cargaba en la cumbre nubes que arrastrabanse hasta la falda, se deslumbró dorado destello. No tardo mucho en verse aquel espectáculo producto de la magnanimidad que el hombre no puede contemplar por completo. “Idiota-dijo uno-el que no crea luego de advertir presente milagro”.
Se encareció, entonces, cada corazón. Cada estomago dio vuelta y todos los ojos le vieron satisfechos. Ese contraste, perfecto por definición, reproducía hasta el más remoto e impensable sentimiento. Aquello era tan puro y no era merecedor de tan pobre público. Sin embrago, le puedieron ver y le pudieron tener en boca toda la semana siguiente.
El infinito sol y el esplendor de su luz merecían, enteramente, todo lo que los once le habían dado: el tiempo, la esperanza, el momento…
Escrito en Diario
Comments